martes

ONETTI Y EL CARIBE

Maryse RENAUD
(Universidad de Poitiers)

Primero quiero agradecer a los organizadores de este acto el haberme invitado a compartir con ellos y con todos ustedes este emocionante momento, aunque no puedo lamentablemente estar a su lado hoy por razones profesionales fáciles de entender : este mismo viernes 24 de noviembre tiene lugar en la Maison des Sciences de l’Homme et de la Société de Poitiers mi seminario sobre «Epicismo y heroicidad en la literatura latinoamericana contemporánea», reunión prevista desde el pasado mes de julio y, por lo tanto, impostergable. Les ruego, pues, que disculpen mi ausencia.

Quiero señalar de entrada que contrariamente a lo indicado en el programa, no les voy a hablar hoy directamente de El pozo, la primera novela y texto fundador, como todos saben, del joven Juan Carlos Onetti, escrita en 1939, sino de la influencia que ejerce su obra en general sobre algunos escritores contemporáneos de República Dominicana, una tierra generalmente desatendida por los estudiosos del Caribe hispano y a cuya producción narrativa convendría sin embargo asomarse.( A esto nos invita, dicho sea de paso, el interesante trabajo de Rita De Maeseneer titulado Encuentro con la narrativa dominicana contemporánea, Iberoamericana. Vervuert. 2006.) Los dos escritores dominicanos que nos van a ocupar son Nan Chevalier, nacido en Puerto Plata, al noroeste de la isla en 1965, quien cursó estudios en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fue miembro del Taller Literario César Vallejo de dicha universidad y es en la actualidad Director de la Escuela de Letras de esta casa de estudios. Nan Chevalier es poeta y cuentista, y sus trabajos han sido publicados en varias antologías. En cuanto a Andrés L. Mateo, nacido en 1946 en la capital, Santo Domingo, periodista, ensayista y novelista, es una figura intelectual insoslayable de la vida cultural dominicana. Su obra ha sido galardonada en diversas ocasiones (en 1981 ganó el Premio Nacional de Novela y en el año 2004 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su obra de por vida).

Onetti y el Caribe. El acercamiento de estos dos términos, confesémoslo, resulta de entrada bastante inesperado, casi insólito, de tan acostumbrados como estamos a asociar el Caribe, en sentido lato (es decir, las islas del archipiélago de las Antillas, Venezuela, Colombia, el Golfo de México) a escrituras de corte mágicorrealista, ya se trate del realismo mágico propiamente dicho o de la poética carpenteriana de lo real maravilloso. Y es cierto, como pude comprobarlo el pasado mes de abril en coloquios y debates, con motivo de la Feria del Libro en República Dominicana, que están bien vivos, en vastos sectores del público dominicano la afición y el apego a esta poética mágicorrealista nutrida de una cultura popular de raigambre rural, pese a la creciente urbanización de la sociedad dominicana. Pero esta indiscutible urbanización no ha dejado de provocar ciertas inflexiones significativas de la narrativa dominicana, particularmente visibles en los textos de los dos autores que nos ocupan.

Y aquí interviene precisamente Juan Carlos Onetti y no, cosa que merece atención, Borges, por ejemplo, figura de la cual se dice a menudo, sin embargo, que ejerce una influencia nada desdeñable sobre la actual narrativa hispanoamericana, hasta el punto de hablar de escritura posborgeana. Quisiera hoy, en cambio, sin negar la influencia de Borges y Cortázar sobre la prosa dominicana (véase por ejemplo Sólo de vez en cuando, la muy cortazariana colección de cuentos de René Rodríguez Soriano, escritor de la diáspora), subrayar la presencia de Onetti en los textos de estos dos escritores contemporáneos, Nan Chevalier y Andrés L. Mateo, bien representativos, creo yo, de esta emergente sensibilidad literaria ajena al consabido telurismo caribeño y anclada en un nuevo espacio : la urbe. Esta elección, no cabe duda, mucho debe a los «consejos mudos» de Juan Carlos Onetti, si se me permite retomar la expresión de Hugo Giovanetti Viola en su prólogo a El viento de la desgracia, novela de muy onettiano título de su compatriota Daniel Bentancourt. «Consejos mudos» que implicaban, como es bien sabido, la necesaria creación de una novela decididamente urbana, como ya se advierte en El pozo y se irá confirmando en sus demás novelas, entre las cuales las emblemáticas Tierra de nadie y La vida breve.

Escuchemos al narrador onettiano de El Pozo en las páginas liminares de la novela :

«Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.» Y un poco más adelante : « Recuerdo que, antes que nada, evoqué una cosa sencilla. Una prostituta me mostraba el hombro izquierdo, enrojecido, con la piel a punto de rajarse, diciendo :

—Date cuenta si serán hijos de perra. Vienen veinte por día y ninguno se afeita.

Citemos para terminar las siguiente frases : «Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su capacidad para desconcertar siempre. Ni siquiera tengo tabaco.

No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde».

Prestemos atención ahora al incipit de «Un cigrarrillo más», cuento de Nan Chevalier que da comienzo a la colección La segunda señal :

«El humo ascendía, lento. La mujer en el recuerdo, sus pasos decididos, en la pared del fondo proyectados. Una costumbre de su memoria : recuperarla al atardecer, de vuelta ella al departamento, a las suaves discusiones sin fin. Pero el recuerdo puede ser (suele ser) escurridizo, permeable. Luego la confusión, la duda creciente, ¿ocurrió realmente aquella tarde, lo de los celos ? Ya en la habitación todo era distinto, todo cada día distinto. No había excusas, pretextos valederos, el cuerpo espera, carne que ansía carne en la penumbra.

Recuperarla al atardecer, hilo interminable, y una tarde entre muchas, una vez por fin la dicha, la certeza de los celos provocados. ¿Qué pensaría ella sobre lo ocurrido? Mejor es no saberlo, pero ¿cuál sería su balance final? ¿O no convendría inventariar todas las partes de una historia? » (págs. 5-6)

Del Onetti urbano del Pozo Nan Chevalier toma prestado ante todo, en «Un cigarrillo más» y de modo más general en toda la obra, un ambiente pesado, producto de una escritura secuencial, fragmentada, de una acumulación de frases relativamente breves, de aparente sencillez, desprovistas de toda hojarasca, y creadora a la larga de una agobiante y subjetiva sensación de encierro. Sensación que temáticamente coincide, en los cuentos de Nan Chevalier, con un claro énfasis en los lugares clausurados como la emblemática «habitación» donde transcurre la escena del primer cuento, lo cual no deja de remitirnos oblicuamente al inolvidable «cuarto», a la sórdida «pieza» de las páginas liminares de El Pozo. Es más, en el dominicano reaparece el intertexto onettiano a través de la asociación de tres elementos fuertemente concatenados : el mundo sensorial, la rememoración —colocada bajo el ambiguo signo del placer y la repulsión—, y la reflexión, en mayor o menor grado, pero siempre teñida de melancolía, de cierta forma de desengaño, sobre la forma de contar la historia o escribirla.

Tan importante como la lograda creación de atmósferas frecuentemente nocturnas —de tensión, incomprensión, diálogos fallidos, violencia larvada, específicamente en las relaciones entre hombres y mujeres, erotismo transgresor con niñas o adolescentes, como en el relato La segunda señal o en Un antiguo proyecto de hombre —, resulta ser en los textos de Nan Chevalier la manera misma de contar la historia. A lo Onetti, diría yo. O sea, problematizando la verdad, tornándola escurridiza, sugiriendo los poderes de la «mala fe» y la condición farsesca de la vida. En síntesis, un distanciamiento irónico colorea las ficciones del dominicano, reforzado además, en ocasiones, por ciertas notas infrapaginales de sabor borgeano, supuestamente aclaratorias Este juego intertextual, generalmente difuso pero a veces sumamente perceptible, no perjudica sin embargo la originalidad de los cuentos de Nan Chevalier. Éste sabe, en efecto, contrapesar muy hábilmente la utilización de ciertos temas y motivos de clara filiación onettiana—como la degradación por el hombre de la niña en mujer adulta— con el recurso de una pujante oralidad nada ajena, por lo demás, a los problemas del mundo exterior, los conflictos ideológicos y hasta los dramas más terribles de América Latina (la caída de Salvador Allende, por ejemplo).

Escuchemos una vez más la voz del narrador de Destrucción del ángel evocando a la mujer amada, hermana, no cabe duda, de la entrañable «Ceci» de El Pozo, insidiosamente transformada por el tiempo en la vulgar Cecilia capaz de «distinguir los diversos tipos de carne de vaca y discutir seriamente con el carnicero cuando la engaña». Dice el dominicano:

«Sólo puedo decirles que en aquel tiempo ella era mía. Durante largos meses he rehuido escribir la historia, duele, a veces, saber que la culpa es nuestra, que nos llegó a destiempo la destrucción y el amor. Era un ángel, antes de la destrucción era el ángel que yo malogré con calculada paciencia.» Y a continuación encontramos estas sugerentes afirmaciones : «A veces, llegaba bajo la lluvia de junio, antes que yo la destruyera, la hiciera degenerar en una mujer feliz.

Al onettiano sentimiento de «desgracia» metafísica seguirá la locura del protagonista, acompañada de ráfagas de recuerdos heteróclitos, violencias y hasta convulsiones verbales expresadas mediante un caótico monólogo interior.

Por falta de tiempo sólo diré dos palabras de la narrativa de Andrés L. Mateo cuya vinculación con la narrativa onettiana resulta más que evidente, y además plenamente reconocida, hasta reivindicada por el autor, como tuve ocasión de constatarlo conversando con él el pasado mes de abril. Prueba de ello son textos como La otra Penélope o La balada de Alfonsina Bairán , de la cual nada diré aquí. Si les interesa un análisis pormenorizado de la intertextualidad onettiana presente en ella pueden encargarnos el volumen que coordiné en el 2005, titulado República dominicana ¿tierra incógnita ? En esta novela de ambiente prostibulario, en parte solamente, por supuesto, son fundamentalmente Juntacadáveres, El astillero y La novia robada los intertextos solicitados y trabajados de tal modo que la novela puede leerse como una suerte de crónica de los últimos momentos del trujillato. Señalemos que esta ficción de sabor existencialista, bastante desesperada, dominada por el sentimiento del absurdo, la angustia y hasta la locura, como no pocos textos onettianos, no renuncia, sin embargo, a su anclaje en la historia nacional, cuya complejidad apunta precisamente a evidenciar, desmitificándola eficazmente.

Como he intentado mostrarlo rápidamente, la literatura dominicana contemporánea no se ajusta a la visión reductora que de ella nos formamos a veces creyéndola limitada a ciertos estereotipos criollistas o mágicorrealistas ya rebasados, o a planteamientos épico-míticos. A imagen de los demás escritores del continente americano saben los dominicanos que toda escritura es una reescritura, un palimpsesto, y algunos se vuelven agradecidos hacia una de las más grandes figuras de las letras hispanoamericanos : Juan Carlos Onetti.

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