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EL ESPÍRITU DE LUCILLA GRAHAM - Guillermo Lopetegui


Guillermo Lopetegui nació en Montevideo, Uruguay, el 26 de setiembre de 1955. Escritor y periodista, es autor de ocho libros de cuentos: Ultimo reducto (1978), El rostro de Margarita Shaw (1981), El parque de los últimos regresos (1987), Brujas de aquí nomás (1993), Crepúsculo de los cautivos (1998), Serias picardías (2002), Los reflejos en la noche y La esperanza y su sombra (ambos en 2007). Parte de su obra ha sido distinguida con diversos premios dentro y fuera de su país. Cuentos suyos están traducidos al francés, inglés y ruso.

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Lucilla Graham se murió en una noche de infancia, dentro de un cuerpo de mujer. Y mientras tanto pasaron los días y las estaciones, y llegué hasta su casa. Conocí detalles de su vida –pasada entre aquellas paredes- y luego me senté junto a la ventana que daba al jardín. El jardín... Por allí paseó su sombra hace mucho tiempo.

Los objetos olvidados –flotantes en su atmósfera amarilla- me hablaban de ella; los cuadros, las vitrinas, las fotos que difícilmente podía reconocer porque habían sido tomadas en las circunstancias borrosas de una época lejana, me traían su nombre: Lucilla Graham. La solitaria, la noctámbula, la que no tenía vida que la sostuviera. Allí parecía seguir estando: en cada lugarcito; metida entre los colores vivos de sus óleos; dormida dentro de una taza de porcelana, fría como lo fueron sus últimas noches. Hasta que un día retornó a los primeros paseos infantiles. Y hubiera deseado ser yo quien la llevara de la mano: ella se agarró al mecerse de sus flores, a los árboles y los pájaros.

Pobre Lucilla Graham. Si la naturaleza no siempre es la misma y a veces se transforma en soledad. Ni sus jardines, ni sus fuentes, ni sus lagos la comprendieron. Cuando Lucilla se acercaba al espejo de aguas en quietud primaveral, encontraba la imagen de su cuerpo consumido, la tristeza que proyectaban al vacío opresor sus órbitas sombrías y la risa trágica que le regalaba el Tiempo en todo su rostro.

Alegría infantil, luego desdicha y angustia.

El sol de la tarde se sienta a mi lado y no tengo deseos de cerrar los ojos: allí viene su espíritu arrastrando la cometa de esperanzas, como una desgracia de cañas cruzadas y papeles rotos que no conocieron la altura por donde vuela el viento.

Ahora regresa porque yo, desde mi juventud, le grité que había vuelto la primavera. Ella, con dificultad, como una anciana, se acerca a mí pidiéndome que la ayude a trepar por el sol. Y cuando siente mi mano que la sostiene, rejuvenece y en ella cobra nueva vida Lucilla Graham.

La fuerza de mis años la retornaron a su casa y a los bosques. Es interesante escucharla cuando habla de sus animales, de sus libros, de la música y de las pinturas. Así pasamos muchos días... o quizás fueron años que viví a su lado, conociéndola como nadie.

En las noches era su confidente, durante el día su amigo de paseos alrededor de la mañana. Su vida era mi vida. En cambio yo nada le podía dar de la mía, porque mis años aún no habían conocido la angustia. Así, el mundo siguió viviendo fuera de nosotros, muy lejos. Pero un día llegaron las risas de los niños, el ruido de los coches y el murmullo incomprensible de la gente mayor... y acepté el fin de nuestra convivencia. Todo debía concluir.

No se lo dije, pero ella lo adivinó en mi rostro. Y ante sus ojos fui envejeciendo de a poco. Mis pasos se tornaron lentos. Descubrí al viejo que albergaba mi alma, sintiendo en mis labios el gusto de la amargura.

Estaba cansado. Pasaba las tardes sentado junto a la ventana mientras que, desde afuera, me llegaban las infaltables risas infantiles trepando por mi bastón y colgándose de mis labios.

Lucilla Graham contempló mi lento deterioro y como forma de evitarlo, aunque sin decírmelo, resolvió alejarse un día con la última lluvia. Ya vieja, se fue arrastrando por el jardín y retornó a su forma antigua... hasta ser sólo espíritu. Una vez, y para siempre, la cometa olvidada levantó vuelo y se dejó perder entre los aires.

Más allá de los muros de la casa; más allá de las hojas de los árboles –que parecían quebrar el paisaje en mil tonos de un mismo amarillo- sabía que me estaba aguardando el vértigo de un mundo cotidiano.

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