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lunes

FELISBERTO HERNÁNDEZ (Uruguay)


DIARIO DE UN SINVERGUENZA


3.8
Ahora estoy más tranquilo; pero hace unos días tuve como una locura de hombre que corre perdido en una selva y lo excita el roce de plantas desconocidas.
La realidad se parecía a los sueños y yo me preguntaba: ¿Pero quién es que busca mi yo? ¿No será él, mi cuerpo? ¿ O será que él huye de mí como yo como un bandido que presiente la policía?
Entonces, la idea de justicia será de mi yo?
Después pensaba que esa idea estaba formada de pensamientos ajenos, que ellos me vigilaban desde la infancia y habrían empezado a invadirme, como a un continente, a una señal hecha por aquella mano y que tanto mi cuerpo como yo nos habíamos empezado a llenar de pensamientos ajenos. Pero yo, mi yo más yo, ¿ no estaría escondido en algún rincón de este grande y misterioso continente?
¿No lo dejarían salir, alguna vez? ¿No tendrá recreos? ¿No intentará evadirse?
Debe estar muy vigilado.

3.9
Al anochecer saqué mi cuerpo a caminar; pero en el momento de cerrar la puerta de mi pieza me vino el sentimiento desagradable de una época en que tenía que vivir en una pieza con otra persona.
Habiendo otra persona ya hay traición. Pero nunca creí que podría estar en esa situación con el cuerpo donde vivo. Esto es sin esperanza.


domingo

SILVIA ADELA KOHAN (Argentina)


YO, LA TEJEDORA


(Me asomé y la vi; sentada cerca de las persianas entornadas y tejiendo. Podría ser una imgen, pensé. Y la dejé así)

Purmamarca.Llegué con el último micro de la compañía jujeña, me fui acercando a ella más que a los colores y las esperas. Tejía una bufanda muy enruladita como para abrigarnos del frío de las montañas, una sola para todos ellos que esperaban arracimados entre las cruces.

La noche anterior, 13 de junio de 1978, ella había conjeturado que yo llegaría; eso me pareció que dijo cuando antes de la medianoche, entre los chasquidos de las agujas, habló de los vecinos, una fila de ojos curiosos para la única mirada de la tapera.
El sombrerito rojo se ladeaba en su cabeza cada vez que chupaba la bombilla: su procedencia irlandesa se hacía, de este modo, innegable.Ellos habían sabido, se habían burlado, de sus presentimientos.

Y hasta el viento silenció los rumores; nadie quedó en el pueblo.
Se intranquilizó cuando creyó que alguien la estaba observando, dejó las agujas y volvió a tirar las cartas, no había error.

Los árboles bordeaban las urnas en el cementerio viejo, tal como ella lo insinuó, cada uno enterró allí sus huesos: el siguiente tapó al último, todos respondieron a los presagios, por convicción o por pueblo.

Espió por entre el alambre de la ventana y nada. Luego las gallinas se arracimaron junto a la pileta del patio, siempre lo hacían cuando alguien se acercaba, pero el camino no mostraba huellas, ni de perros, ni de vacas. Se pronosticó a sí misma las visiones cuentan y se quedó quieta. Pensar era una posibilidad, chupar yerba la otra. Siguió tejiendo. Ninguno estaría para abrir el portón herrumbrado del cementerio viejo, ella haría fuerza. La bufanda crecía y crecía su afán por envolverlos a todos, al cabo de una semana estuvo lista, se preguntó dónde me habría metido yo para mostrármela. Un fragmento de espejo, apoyado sobre la cómoda, la reflejaba. Fue ese momento en que dudé si había llegado a Purmamarca ese otoño.

Al amanecer del octavo día,ella, que no había dormido las siete noches anteriores, se inclinó en la hamaca, cerró los ojos y llamó a los muertos. Ninguno rspondió.

Sus pasos rebotaron contre el piso de tierra, duplicaron los míos como un eco, mientras ella afirmó, en voz alta, esa tarde del veintiuno de junio entre el adobe, que me escuchó golpear las manos al llegar, y copió mi gesto de impaciencia, característico, cada vez que se me escapa un punto.


GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ (Paraguay)



BRAULIO



- Dios te bendiga, Braulio.
- Así sea contigo.
Las mujeres van a cargar con agua una campana vieja volteada que les hará de olla; quizás más tarde, con fierros viejos de lanza y filos desafilados de esquirlas cortemos, si hubo suerte, algún bicho del monte cazado para mí. Las mujeres sin hombre me llevan a la iglesia, donde duermen arracimadas como racimo de murciélagos, donde una vieja viejísima me pregunta por su marido muerto que yo bien conocía: él cargaba a mi lado, bajo el tambor y la metralla que se llevó mis piernas y su alma; era buen compañero. La mujer me bendice por el poco de tristeza que le traigo, que vale más que nada.
Después me preguntarán las otras, pero primero la vieja, siempre en primer lugar porque la creen sabia. Ella duerme por eso más cerca del altar, sobre los peldaños, en un jergón de paja que no se ve tan viejo. Pero duerme como las demás, tratando de espantar con rezos y con pedradas el viento y los animales y soldados que se les pueden meter por las puertas sin batiente. (Duermen en la iglesis sin cura, de piedra antigua, que no ardió cuando quemaron sus ranchos de paja). Es siempre igual: me conocen ya cuando me ven llegar al pueblo entre las mujeres que me tienden de los brazos; otra lleva mi sable militar y mi capa roja bien doblada. Pero igual me preguntan si soy Braulio; me preguntan por sus muertos conocidos aunque los saben muertos. Yo nunca miento, pero a cambio me dan ropa y me dejan seguir mi camino para la Asunción, llevado en vilo por un desierto de pueblos con las plazas al medio y nada alrededor. Y es que debo llegar a Asunción para vender un uniforme de oficial y otras cositas salvadas de los cuervos de los brasileros y de nuestro mismo Mariscal Presidente que nos fusila más que el enemigo y nos hambrea más forzándonos a seguirle con su ejército a la deseperanza y hasta los medios muertos como yo nos persigue, a los rezagados de la marcha que no pueden escapársele. (Vendería también mi morrión de cuero, donde guardo tabaco y algún real de cobre, la bayeta que me cubre los riñones pero ¿qué me darían por eso?). La que duerme en el altar me cuenta que por los montes se pasea el tigre, cebado con la carne de cristianos. El tigre no ha querido molestarme en el camino y he de llegar un día a la Asunción.
Dice que hay comerciantes y señoras con monedas de plata para los mendigos de la plaza. Tengo que llegar. Si no llego, hoy las mujeres han de llevarme al arroyo para desvestime y refrescarme y ponerme lejía o jugo de limón en las axilas para que no huelan mal. Después he de quitarle el miedo, por algún momento, a la mujer del altar. Después iré a las otras, por si Dios quiere acaso hacerles el favor de un hijo.


Curuzu Cadete -Cuentos de Ayer y de Hoy.
RP.ediciones - Criterio Ediciones, Asunción,1990.

CUENTOS POPULARES DE CHILE


LAS TRES MENTIRAS


Un capesino, al morir, dejó por toda herencia a los tres hijos que tenía la cantidad de trescientos pesos. Los dos mayores que eran muy ambiciosos querían adueñarse de toda esa cantidad y a fin de quedarse con ella, propusieron al menor dejar enterrada la plata, y salir de viaje en busca de aventuras. El viaje duraría un año, y al término, el poseedor sería aquel que al volver contara la mentira más grande. Aceptada la proposición salieron a la aventura.
Al año justo se juntaron los tres hermanos en el mismo punto, en que habían enterrado el dinero y después de abrazarse, comenzaron a contar sus andanzas.
- Yo, dijo el mayor, he trabajado durante todo el año en una chacra. Y una vez planté una semilla de garbanzo, que creció tanto, que llegó hasta el cielo.
-¡Qué grande es esta mentira! - dijeron los otros dos -.
- Ahora dí la tuya, hermano- dijo el mayor al segundo de ellos-.
- Yo- dijo éste- estuve trabajando en una hilandería, y torcí en una ocasión un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo lo tenía de una punta, la otra llegaba al cielo.
- Bien grande es esta mentira- dijeron los otros dos-. A ti hermanito te toca ahora, decir la tuya.
- Yo -dijo el menor- no trabajé en nada fijo, sino en lo que me tocaba, hacía de todo. Una noche que venía por un camino muy solo, me puse a torcer un cigarro, y cuando quise encenderlo, me encontré que no tenía fósforos, y mientras tanto, tenía muchas ganas de fumar... ¿Qué hice entonces ? Divisé una luz en la luna, y subí hasta ella a encender mi cigarro.
-Y...¿por dónde subiste?
-Y...¿por dónde bajaste?
-Por el garbanzo que tú plantaste.
La pequeña fortuna del padre le correspondió al hermano menor, que era el menos ambicioso, y que ni siquiera se había preocupado en todo el año en urdir una mentira.



 
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