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viernes

Cuentos Cortos 1.0


Selección de Cuentos Cortos de Itinerarios - Anexos (LEER - click aquí)

sábado

"El Interprete" - Juan José Saer


"EL INTERPRETE"

Ahora me paseo por la orilla del mar, sobre una arena más lisa y más amarilla que el fuego. Cuando me paro y miro para atrás veo la guarda entrecruzada de mis pasos que atraviesa intrincadamente la playa y viene a terminar justo bajo mis pies. El borde blanco, intermitente, de espuma blanca, separa la extensión amarilla de la playa celeste del mar. Si miro el horizonte, me parece que empezaré a ver, otra vez, los barcos carniceros avanzando desde el mar hacia la costa, puntos negros primeros, filigranas llenas de coladuras más tarde, y, por último cascos panzones sosteniendo las velas y una selva de palos y de cables deslizádose rígida hacia adelante y mostrando de un modo gradual la fiebre de una mochedumbre de hombres activos. Cuando los vi, cerré los ojos porque sus pechos de piedra cintilaban, y el rumor del metal y de las voces ásperas me dejó sordo por un momento. Me avergoncé de nuestras cuidades toscas y humildes y comprendí que no eran nada ni el oro ni las esmeraldas de Ataliba (que ellos pulverizaban a martillazos buscando la pepita, como se hace con una nuez), ni los grandes corredores pavimentados y amurallados de plata, ni nuestros calendarios de piedra, inmensos, ni la guarda imperial que reaparece, una y otra vez, en las fachadas, en la vestimenta de la corte y en los cacharros.

Vi fluir desde el mar un chorro desplegado de gloria y abundancia.

Los carniceros tocaron con una cruz la frente del niño que yo era, me dieron un nombre nuevo, Felipillo, y después, lentamente, me enseñaron su lengua.La vislumbré, gradual, y hacia mí, Felipillo, las palabras avanzaron desde un horizonte en el que estaban todas empastadas, encimadas unas sobre las otras para ser, otra vez, como los barcos, puntos negros, filigranas de hierro negro, y por fin una selva de cruces, signos, palos y cables desagregándose de grumo hirviente como hormigas despavoridas de un hormiguero.

Entonces dejé de ser la criatura desnuda en cuyos ojos destelló el metal de las armaduras y en cuyos oídos resonó por primera vez el estruendo de las velas, y empecé a ser el Filipillo, el hombre dotado de una lengua doble, como la de las víboras. De mi boca sale ya la bendición, ya el veneno, ya la palabra antigua con que mi madre me llamaba al atardecer, entre las fogatas y el humo y el olor a comida que flotaba en las calles rojiazas, ya esos sonidos que repercuten en mí como en un pozo seco y sin fondo.Entre las palabras que la voz le arranca a la sangre y las palabras aprendidas que la boca come ávida de la mesa de los otros, mi vida se balancea sin parar y traza una parábola que a veces borra la línea de demarcación. Me siento como atravesando una región en la hay hay zonas duirnas y nocturnas, alternadamente, como el gallo que canta a deshora, como el bufón que improvisaba para Ataliba, entre la risa de la corte, una canción que no estaba hecha de palabras sino únicamente de ruido.

Cuando los carniceros juzgaron a Ataliba, yo fui el intérprete. Las palabras pasaban por mí como pasa la voz del Dios por el sacerdote antes de llegar al pueblo. Yo fui la línea de blancura, inestable, agitada, que separó los dos éjercitos formidables, como la franja de espuma separa la arena amarilla del mar; y mi cuerpo el telar afiebrado donde se tejió el destino de una mochedumbre con la aguja doble de mi lengua.Las palabras salían como flechas y se clavaban en mí resonando. ¿ Entendí lo mismo que me dijeron ? ¿ Devolví lo mismo que recibí ?Cuando mis ojos, durante el juicio, se clavaban en las tetas azules de la mujer de Ataliba, tetas a las que la ausencia de la mano de Ataliba permitiría, tal vez, la visita de mis dedos ávidos, ¿la turbación desfiguraba el sentido de las palabras que resonaban en el recinto inmóvil ? De una cosa estoy seguro: de que mi lengua fue como la bandeja doble sobre cuyos platos elásticos se asentaban cómodamente la mentira y la conspiración. Sentí el estruendo de los dos éjercitos, como dos mares que se juntan,el mar de la sangre y el agua negra del mar extranjero y ahora, en el atardecer, camino por la playa, un hombre viejo encorvado bajo la bóveda de voces enemigas que se extiende interminable sobre mis ruinas comidas por la selva.

No morí con los que murieron cuando proferí la sentencia, como un chorro de agua que se sorbe, se gargariza y después se escupe, pero tampoco vivo la vida feroz de los carniceros cuyas voces el viento me trae de noche, cuando me acuesto en la selva.

Cuando los carniceros empezaron a construir su cuidad, hicieron una pared gruesa de adobe y la pintaron de blanco . Pero una parte se desmoronó y la abandonaron. Quedó esa pared blanca en medio de un campo pelado, y a mediodía destella la luz sobre la superficie blanca que la intemperie ha mellado. A veces me siento en el suelo y la miro, durante horas. Pienso que la lengua carnicera es para mí como esa pared, compacta, inútil y sin significado y que me enceguece cuando la luz rebota contra su cara estragada y árida. Una pared para arañar hasta que sangren los dedos o para chocar contra ella, sin una casa atrás a la que entrar para que nos defienda su sombra. No soy más que un indio viejo que vaga por la selva en silencio, entre las ruinas, y ya no suena para mí, al atardecer, la voz de mi madre llamándome al hogar por entre las fogatas y el humo y el olor a comida que flotaba en las calles de una cuidad rojiza escalonada hacia el cielo.

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* Próximamente se cumplirán tres años de la muerte de este escritor argentino, nacido en la Provincia de Santa Fé. Radicado en París durante muchos años escribió lo esencial de su obra en la capital gala. Este cuento fue publicado en : "L'anthologie de la nouvelle hispanoaméricaine", (Ver Blog, Antologías) Para tener información sobre su obra clickear Juan José Saer

EDUARDO GALEANO (Uruguay).

La Guerra

Al amanecer, el llamado del cuerno anunció, desde la montaña, que era la hora de los arcos y las cerbatanas.

Cayó la noche sobre el valle. De la aldea no quedaba nada más que humo, cenizas y cadáveres.

Un hombre pudo tumbarse, inmóvil, entre los muertos. Untó su cuerpo con sangre y esperó. Fue el único sobreviviente de los palawiyang*.

Cuando los enemigos se retiraron, ese hombre se levantó. Contempló su mundo arrasado. Caminó por entre la gente que había compartido con él el hambre y la comida. Buscó en vano alguna persona o cosa que no hubiese sido aniquilada. Ese espantoso silencio lo aturdía. Lo mareaba el olor del incendio y la sangre.

Sintió asco de estar vivo y volvió a echarse entre los suyos.

Con las primeras luces, llegaron los buitres. En ese hombre sólo había niebla y ganas de dormir y dejarse devorar.

Pero la hija del cóndor se abrió entre los pajarracos que volaban en círculos. Batió recia las alas y se lanzó en picada.

Él se agarró de sus patas y la hija del cóndor lo llevó lejos
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* Palawiyang - Nombre de una tribu (tal vez Paravilhana en los relatos portugueses de la conquista), habitantes del alto Maiari (Estado de Roraima) en Brasil (KG)

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Para ver Video de Eduardo Galeano en la conferencia del Primero Foro Social Mundial en la ciudad de Porto Alegre (VER - Click aquí)

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ENRIQUE ESTRÁZULAS - Los ahogados

LOS AHOGADOS

Él venía del mar.
Silenciosamente amarró la goleta a una piedra del puerto, miró hacia el pueblo con ladridos y velas, levantó el ala del sombrero que fue a la nuca como pensando en otra cosa, en algo que poco tenía que ver con nada, ni siquiera con sus pasos que empezaban a conocer la aldea.

Los perros lo atacaron, ladraron hasta el hastío y después le imitaron esa especie de aburrimiento, siguiéndolo de cerca, tan sin ganas. Mi madre descorrió para ver la cortina granate, sucia de moscas. Desde allí lo miró todo el tiempo; lo miró desde antes, desde que la goleta era una cigüeña en el horizonte barcino.

El hombre bordeó las casas con la luna rojiza montada en un hombro. Seguramente se entristeció con el campanario de la Iglesia raquítica, que daba sones de oración, ya fuera de hora.

Y entró a la cantina, siempre así. Todos lo miraron beber el aguardiente, litúrgico y sin habla. También lo vieron dormir. Lo vieron por las ranuras de la casa de cañas, entre cajones, sobre un cuero de oveja. Dicen que desde el muelle subía un viento de enero, aplacado por las enredaderas. Mi madre también lo vio; lo vio dos noches. A la tercera noche durmió con mi madre.

Le regaló un mantel de ñanduty, una estrella de mar, un collar con oídos de ballena. Cuando se quiso ir, mi madre lo siguió, lo vio soltar amarras, lo vio volver del mar para llevársela. Todo el mundo miró la inocente goleta, perdiéndose hasta ser el cuello de una garza. Y mi madre no volvió a ver el pueblo.

Él la dejó en la playa, más al sur, muy cerca de un fortín donde no había nadie. Ella caminó mucho, ya conmigo, cansándose al llegar a un círculo de ranchos. Entonces fui que nací yo.

Mi madre me besó en el arroyo de las lavandera, cuando dí el primer grito. Después vadeamos médanos en una carreta hasta llegar aquí. Y yo también me fui de aquí, atraído por el ruido del mar, el mismo que me había dejado un día, todavía sin nacer, en una orilla anónima. Me embarqué remontando el Gulf Stream en un navío de tres palos. Anduve por las islas y las costas del Africa, robé una sirena en Marsella ahorcando a un griego en el fumadero de recova. Y después la dejé, con el retoño de mi desdicha. Me volví al sur, hecho un canalla. Abrí un prostíbulo de margaritas y rosas, de hortensias y lilas al que llamé Las Flores en una puerta lóbrega del bajo Maldonado.

Detrás de la puerta está mi madre, sentada en un claroscuro, tejiendo siempre. También tejía en Marsella la sirena olvidada, para un hijo marino que seguramente ya me busca en el mar, que tal vez se ha vengado violando a una muchacha en un dique, en el fondo de una sentina. Y así continuará mi herencia infame.

Eso dice mamá, que ahora es partera, y teje sin cesar para los imposibles hijos de Las Flores.



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Este cuento fue publicado en la Antología de Literaturas Ibéricas y latinomaericanas contemporáneas, leído en el coloquio del cuento latinoamericano (ver Blog - click aquí).

Varios cuentos de Enrique Estrázulas han sido antologados en diferentes antologías, (Ver BLOG/Antologías).
Para saber más sobre el autor "clicquear" Enrique Estrázulas.

jueves

CARLOS MENESES CÁRDENAS (Perú)


EL JUEGO DE SER MADRE


La madre se quitó el ojo derecho y fue a venderlo. Envió el producto de la venta por correo urgente y esperó ansiosa, las noticias. Tiempo después recibió una carta escueta en la que pedía
más dinero. Vendió su pierna izquierda y todo su cabello castaño desteñido, envió apresuradamente el dinero y esperó. La respuesta llegó con retraso, en realidad, no fue una respuesta sino un nuevo mensaje de clamorosa necesidad. Salió inmediatamente a la calle y, ofreció su pecho escuálido y, como cobró una miseria vendió también sus antebrazos y algunas de sus gastadas vértebras. El dinero íntegro salió ese mismo día. Pasaron semanas hasta que llegó
un nuevo mensaje desesperado que movilizó a la anciana que ofreció, entonces, su vientre, su flaca y encorvada espalda, sus clavículas y la frente, quiso vender su ternura y su esperanza, pero no le fueron aceptadas en ninguna tienda. El envío fue hecho de inmediato y,como de costumbre, hubo de esperar meses antes de tener noticias y, cuando llegaron, fueron las de siempre.Vendió su naríz, sus labios, su cráneo, su viejo e inútil sexo, su mano izquierda, y le rechazaron por falta de atractivos, su memoria.Estaba segura de que ahora si lo lograría y, cuando tras varios meses de esperar llegó una nueva carta, supo que las cosas habían mejorado.Pero que aún faltaba mucho camino por recorrer y, como siempre, no le quedaba ni una sola moneda. Se quitó el ojo izquierdo, la pierna derecha, sus caderas desvanecidas, la arqueada columna vertebral, el corazón , el último suspiro, y suplicó que enviasen el producto de la venta.


Al día siguiente llegaba un alborozado telegrama, madre, no envíes más dinero, he triunfado.

LUIS BRITTO GARCÍA ( Venezuela)











LA CANCIÓN

Adiós, pájaro de precio
que me brindaste tu trino
Para ti queda la jaula
para mí queda el camino.

Deliró todo el tiempo.Delirios en los que entraban pesadillas
con las formas de los órganos que habían sido tocados por los
lanzazos.

Agua de tinajero, que aleja las fiebres. Si muere, el alma volverá
siempre a este pueblo con las lluvias.

Me dio el soroche y me dio la fiebre en medio del hielo y todo
eso era patria. Patria es donde uno pisa, dijo el abuelo.

Antes de morir, el abuelo Macedonio Luque dijo tráiganme una
guayaba. Yo tardé lo más posible en arrancar del jardín esa guayaba
porque sabía que en arrancándosela se iría el abuelo.

Cuando nos expulsaron de las tierras que le habían prometido al abuelo por sus servicios en Ayacucho, le encomendé a mamá el
pedazo de papel descolorido con los grados y los ascensos, le encargué que lo cuidara, que a mi regreso lo tuviera.

Dejé familia, al azar de los caminos. Tomaba rumbo para donde oía
las canciones.

Di en cantar. Desprecié los copleros que me retaron.Dirigí el
alazán en busca del padre de todas las canciones.

El padre de todas las canciones hace tiempo que se me huye.
Le doy cita en las fiestas, en las peleas, en las coplas, que vuelan
más rápido que los pájaros.

Al padre de todas las canciones lo encontré al fin después de
tantos años. Estaba tan viejo, que su voz ya no sonaba.

Lo clavé de un lanzazo contra el arpa, por rencor de no haber oído
la canción tan hermosa con la que hubiera podido vencerme.

Yo canté contra mí, pero mi voz daba odio. Cabalgué con las montoneras; y maté tantos hombres, por ver si era la del dolor
la canción más hermosa entre todas.

Me dejé aprisionar, por saber si la voz, al tratar de escapar,de
la canción más hermosa entre todas.

Tuve tantas mujeres, por saber si la canción que se olvida es la más hermosa entre todas.

Renuncié a la memoria, por saber si la canción que se olvida es la más hermosa entre todas.

Supe, al final, que se estaban yendo las canciones.

Las canciones se iban por temor de que yo pudiera encontrar la más hermosa entre todas, que les avergonzara y las empequeñeciera.

No volvía a cantar más, y morí de pesadumbre.

CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO (Argentina)







LA GIOCONDA



Supo que había un cuadro maravilloso llamado la Gioconda. Pero quería descubrirlo por sí solo. Se dedicó, desde muy joven, a ignorar la historia y la geografía.Un día partió a recorrer mundo en busca del fabuloso cuadro.Recorrió tiempos y cuidades, entró en palacios y mesones, agotó galerías agobiadas de cuadros magníficos.Pero ninguno era la Gioconda.

Muchas veces estuvo por abordar a los guías y preguntarles de una vez dónde hallar el soñado cuadro.¡ Era tan sencillo que lo tomaron de la mano y lo condujeron hasta dejarlo frente a ese mar !

Pero siguió buscando por sí solo. Amó a varias mujeres cuyos ojos le parecían los de la Gioconda. Luchó con hombres en cuyos labios presentía la sonrisa de la Gioconda.

Llegó un momento en que el mundo ya no tenía secretos para él.

Pero nada sabía aún de la Gioconda. A la sazón, había llegado a Florencia y principios del siglo XVI.

Entonces, desesperado, pintó la Gioconda.

viernes

Selección de Cuentos - Manuel Mejía Vallejo

EL FORASTERO

Había venido de lejos, todos lo sabíamos por su mirada.

—Fíjate, el que llegó.

Traía con él su mirada, como envuelto en ella, como si ella no le dejara ver. Pero observaba las calles empedradas del pueblo, sus balcones con macetas y muchachas, los zaguanes amplios, la sombra que el sol arrojaba contra las aceras: al recorrerlas parecía caminar dentro de sí
mismo para rescatar su vida de antes, su vida ligada al pueblo estancado en un tiempo de soledad, eso parecía.

No hablaba. Pero cuando le preguntamos:

- ¿ D ó n d e estuviste? ,

propició sus ojos, tendió la mirada como una pantalla grande, y todos vimos historias vividas en mares y tierras no conocidos antes por ojos distintos a los suyos.

Únicamente de lejos seguimos su paso. Nada quedó sin que lo repasara cuidadosamente. Sólo al perderse de nuevo con andar difícil llegamos a saber que detrás no quedaban balcones ni macetas ni calles ni historia, y que todo comenzaba a parecerse a un gran olvido. Porque el hombre, al
salir, se llevaba el pueblo en su mirada.



ANTEPASADOS

Los contados viajeros que atraviesan el páramo hablan de un pueblo fantasma. Entre largos silencios, frente al fuego que da calor a su fatiga y su asombro, tratan de hilar una historia de sueño y pesadilla. Al narrar, ellos mismos parecen habitantes de aquel pueblo fantasma.

-Hacía tanto frío, que era necesario recordar intensamente un buen tiempo de calor para contrarrestar las heladas.

Si llamaban:
-¡Sol! ,
la palabra sol apenas alumbraba un trecho del camino más cercano a la voz y nunca llegaba a producir sombra ni tibieza. Porque no había calor. El calor era nostalgia de un sol que, según leyenda callada, existió un tiempo sobre los eriales ateridos.

—Había tanta deshabitación, que sus habitantes, alejados, tenían que concentrarse en el recuerdo de otros seres para no morir de soledad.

Si llamaban:
- ¡Roberto! ,
la palabra no lograba traer claramente la figura. De cuando en cuando una silueta borrada era la sola respuesta. Porque no había presencias, y el llamado invocaba únicamente vacíos: en el sueño, en el recuerdo de lo jamás sucedido, en el eco dormido de la propia voz.

-Había tan pocas alas en el aire, que si alguna se atrevía contra el viento, los suyos eran aletazos de protesta.

Si llamaban:
- ¡Pájaro! ,
moría un silbo en las vertientes apeñuscadas, en forma de despedida. Porque no había pájaros. Sólo en sus recuerdos cruzaban dos o tres, grises y torpes, incómodo el vuelo en esos recuerdos desesperados. -Había tal escasez de agua, que debían calmar sus sedes en la evocación de arroyo distantes.

Si llamaban:
- ¡Arroyo! ,
la palabra se iba humedeciendo en un camino de bruma y arena. Allí acababan las sílabas, sin llegar nunca a ser lo que nombraban. Porque el agua era presencia de la sed, rumor de corrientes ajenas sobre rocas en espera inútil. Algunas ausencias de peces saltaban con chapoteos de aire
seco.

—Había tanto silencio, que trataban de inventar canciones traídas por la memoria. Pero nadie sabía cantar, porque también su voz se hizo para el silencio.

Si llamaban:
- ¡Canción! ,
apenas sí un leve llanto escondido parecía temblar entre los chamízales. Porque tampoco había voces. Callar fue otra manera de hablar a voz en cuello, sin posibilidad de silenciosos respondedores.

—No había árboles. El viento y las arenas volantes convirtieron en muñones lo que pudo ser ramazones al cielo.

Si llamaban:
-¡Árbol! ,
caían de ninguna parte hojas secas, sabedoras únicamente del vuelo de su caída.

—No había flores. Cada botón era fracaso último de últimos ensayos por florecer. Cada hoja tenía fuerza suficiente para alargar su agonía.

Si llamaban:
- ¡Flor! ,
un rubor se insinuaba al extremo de un tallo nacido para morir, porque el viento arenoso desteñía la posibilidad de cáliz o pétalo.


Así, poco a poco los habitantes fueron desapareciendo de frío, de soledad, de sed, de silencio, y las palabras se confundían, desamparadas en el paisaje.

Sólo un sobreviviente alcanzó a experimentar las primeras sensaciones de calor, de compañía, de aguas abundantes, de pájaros, de voces y baladas amigas.

Al morir supo que en adelante existiría esa región creada por la angustia, por el recuerdo apretado, por la sed y la muerte. Sobre su roca hizo desgonzar una esperanza última al entrever un sitio amable fabricado a lo largo de tantas invocaciones desgarradas. Alcanzó a escuchar la fuga del silencio, el sonar de un arroyo que brotaba entre las rocas del páramo, la suave caída de un sol que entibiaba silbos recién llegados y grupos de jóvenes cantando canciones primeras.

Así se formó aquel extraño lugar. Los contados viajeros que logran atravesar el páramo hablan de sombras y luces y árboles y personas y animales soñados por una gran desesperanza.



EL TORO COLORADO

—"El rojo atrae al animal de lidia" —me dijeron. Además, el olor de la sangre los perturba hasta su mugida desesperación.

No me pareció más espectacular de lo que podría ser cualquiera otra característica en la vida del hombre o del toro, animales bravos. Sólo cuando descubrí aquel ejemplar rojo en la ganadería abandonada, la advertencia recobró sus dimensiones.

—Mucho más allá del Farallón, hacia las tierras bajas. Había muerto a cornadas; me dislocó el día pensar hasta qué punto sufrió el animal odiado por los suyos; su color dramático, que forzaba
también la sensación de sangre, fue el centro de la rabiosa agresividad. Debió morir peleando su bravura -el cuerno derecho estaba zafado de la r a í z -y en derredor del cuerpo caído seguían las huellas pantanosas de las pezuñas al repeler el ataque por todos los flancos.

Bien pudo ser exagerado mi sentimiento aquella tarde; bien pudo ser mentira lo que me contaron de los toros de lidia; bien pudo ocurrir de otra manera su muerte. Pero el resultado habría sido el mismo, porque yo necesitaba acomodar lo mío a cierto heroísmo de la desesperación.



EL SUEÑO DE LA PESADILLA

Cada noche pensaba un fragmento de su muerte futura. Al amanecer unía los fragmentos de sueño y reflexión, decaía su afán desorientado.


—Esta noche no soñaré —se dijo, pero el pensar que no soñaría con un pedazo de muerte lo hizo pensar en su muerte, y en la noche soñó otra pesadilla sobre lo que había pensado; al día siguiente pensó en su sueño, y ya no pudo detenerse el círculo.

Si con vigilias forzadas intentaba sustraerse al sueño, no podía repeler la idea de temor y muerte que intentaba expulsar. Así el cansancio se fue haciendo más visible: días y noches en vela impedían saber si soñaba que no quería soñar, si pensaba que no debía soñar, si soñaba y pensaba en morir, si moría por pensar que no debía pensar en el sueño ni en la muerte.
Sólo cuando lo hallamos totalmente inmóvil —casi eterno— entendimos cómo el despertar era otro regreso de la pesadilla.



PROFETA DEL PASADO

Según sus palabras, la historia es algo que tiene memoria: nosotros sólo tratamos de recordar lo ya efectuado; por eso, lo que estamos viviendo es un recuerdo de lo vivido; nos acercaría a esta posibilidad cierta sensación de pesadilla que despiden los acontecimientos.

En cuanto a la alucinación del futuro, se acerca al fuego fatuo, emanación de lo aparentemente escondido, porque todo pensamiento de futuro parece un regreso. Así corroboró que la historia es un ciclo y por lo tanto la posteridad queda atrás.

-Aunque ignoro dónde empieza este camino que da vuelta a la tierra, es el verdadero camino eterno, porque su futuro es su pasado: lo que está adelante es verdaderamente lo que ha quedado atrás.

Igualmente descubrió que el sueño podía ser verdad, pero de vez en cuando, ya que en muchos aspectos lo motiva el azar.

-Yo soy yo más lo que sueño, más lo que acepto: el sueño es prolongación de nuestras creencias.

En cambio, el recuerdo se acerca a lo verdadero; consiste en una distorsión del tiempo que los hechos deben sufrir: ellos existieron antes -existen-, pues todo acaecer es intemporal, de tal modo que no hay hechos pasados.

Con el fin de probarlo recordó públicamente el incendio de La Capilla Veraniega, y murió estoicamente en esas llamas.

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(LEER - click aquí: Introducciòn a "Las noches de la vigilia" - Manuel Mejía Vallejo)

(LEER - click aquí: Homenaje a Vìctor Jara - Manuel Mejía Vallejo)

domingo

"Un pedazo de mar y una ventana" - Manuel Cofiño

Manuel Cofiño
La Habana, 1936 -1987.

Un pedazo de mar y una ventana.

Porque siempre hay un libro, una sonrisa, una hoja en el aire, un pedazo de mar y una ventana, que son la recompensa.

La conocí en el campamento Maravilla Roja. Jefa de una brigada. Entusiasta, incansable, y además era la admiración porque no le tenía miedo a las ranas que abundaban en las siembras de berro.

La miraba subir cada día ágilmente a la carreta, y los domingos lavar su ropa bajo el framboyán. Durante el tiempo que estuvimos allí, conversamos diez o doce veces. Me gustó la forma que tenía para decir las cosas. Que si el amor y las palabras arden y se apagan, saltan y se buscan como semillas y cenizas. Algo así decía. Y era como si limpiara las palabras frotándolas contra la vida.

A los hombres nos trasladaron y ella se quedó allí con sus muchachas. Recuerdo que al despedirse dijo : bueno, y me alegro de que existas.

Poco meses después la encontré frente a Coppelia, imprudentemente parada en una esquina, con el cabello turbio y despeinado. Por un momento creí tener una visión. La vi rara (no era sólo la forma de vestir, sino el conjunto). Se puso nerviosa, empezó a hacer movimientos cómicos y torpes. Cargaba con ambas manos un montón de libros. Llevaba un pulóver verde y un pantalón de mezclilla. Sus ojos resaltaban de una manera extraña. Después nos encontramos varias veces. Un día la llamé y vino. Empujó la puerta de este cuarto tristísimo y entró como una canción.

No voy a contar nuestra historia. Ni hablar de su voz, su mirada, la sorprendente luminosidad de su presencia. Era fea, pero vibraba como un instrumento vivo, y aplastaba la tristeza con caricias: ahuyentar, arrancar la tristeza porque es árbol estéril y frondoso y decía, me besaba. Y el amor es flor rara, delicada, cuesta trabajo que abra, dura poco, se deshoja enseguida. Las otras son resistentes, nacen donde quieren, crecen solas, no requieren cuidados. Y ponía en mi boca sus besos. Y la luz, la mañana, el sueño y la verdad echaban a andar al mismo tiempo.

Cuando llegaba, este pequeño cuarto se poblaba de latidos (ella decía que de pájaros y flores), pero lo cierto es que ponía el aire en su lugar entre murmullos. Se quitaba la ropa como si regalara sus vestidos al viento. Cómo olvidar la alegría de su cuerpo, la flexibilidad de su cintura, sus pechos, sus jugos y sabores.

Era una inventasueños y verdades. Descalza besaba el piso, los azulejos rotos del pasillo.Sentía cariño por las latas oxidadas donde crecían los geranios, las paredes descascaradas, el ruido de la enredadera contra el cinc, el pedazo de mar en la ventana. Hablaba de gorriones y disparos, de incendiar la triteza. Iba de un lado a otro arreglando cacharros, su cuerpo cantaba y sus canciones subían por la paredes. Le gustaba el olor al ajo y hierbabuena. Hacía chirriar los platos y los vasos. Conseguía hacerlo todo sin esfuerzo, como si sus manos dominaran sobre las necesidades cotidianas. No hacía preguntas. Se contestaba sin ellas y, a veces,hacía del silencio su voz.

Cómo olvidar su cabeza inclinada, la caída de su cabellera sobre el hombro.Ese algo que tenía que no se puede explicar, que no se podrá jamás describir ni decir porque sería como tratar de mostrar el corazón de la lluvia.

En su mirada la mañana aparecía espontáneamente como el agua. Agua de compañía al despertar. En su cuerpo el tiempo era diminuto, menudo, frágil. Decía: el amor son dos cuerpos amarrados con una soga loca, un martirioplacer fugaz, intenso, fulminante. Manejar el amor es manejar el fuego, decirle que no arda. Esto del amor es un problema, te dan demasiado o no te dan ninguno, y todo el mundo se lleva su golpe; y además es invisible y nace y muere y no somos ni eternos ni puros. Y aplastaba con sus labios mis protestas. Entonces hablaba sobre la opresión familiar, la icomprensión de los padres, la aurora de una nueva época, la lucha por hacerla. Y había algo en ella que siempre había estado conmigo.

Hay que olvidar las cosas débiles, las frágiles, los pensamientos melancólicos. La vida es una música severa. Y yo la contemplaba hablándome, desnuda, sentada en la cama, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas y las manos cruzadas sobre sus piernas encogidas.

Nunca estuve seguro de si volvería al día siguiente, al cabo de un mes o una semana. Le molestaba estancarse en las cosas. A veces pasaba semanas sin venir. Iba al amor grande a todo no al chiquito de nosotros; marchaba al campo a hacer la vida con las manos, a acariciar la tierra, los frutos y las hojas.

Regresaba ágil e inquietante. Las mejillas ardiendo, el pelo lacio veteado por el sol y la alegría chispéandole en los ojos. Cansada de buen cansancio, traía besos silvestres y una sonrisa amplia y temblorosa. Decía que el trabajo es la más hermosa alegría de la vida. Y la luz, la mañana, el sueño y la verdad echaban a andar al mismo tiempo.

Pero un día no amanecí más en su mirada, perdí la gravedad de su carne entusiasta, la saliva sabia de sus besos, las uñas de sus manos busconas, el esplenderoso olor de su pelo. Dejó un hueco repleto de recuerdos, lecciones y silencios. ¿Con cuál ropa se fue? No sé. Algo se quebró, se evaporó, se hizo sombra y luz al mismo tiempo.

Aquí sobrevive a su presencia en lo que eligió para ser recordada. En este cuarto quedó de ella un ligero olor, una voz en el viento, unas canciones cantando en las paredes, un aire, el ruido de la enredadera contra el cinc, una hoja olvidada, la luz entrando por la ventana y el chirrido de un vaso limpiando la tristeza.

¿Me enseñó a ser distinto?. No sé. Pero si la ven denle las gracias, porque me dejó la recompensa: un libro, una sonrisa, cuatro paredes llenas de canciones, un pedazo de mar y una ventana.

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Nota: Cuento publicado en: "Anthologie de la nouvelle Hispanoamericaine" en francés y español. Ver BLOG (click aquí).

Publicamos en nuestra colección : Voix Hispanophones, (Ver Blog) su novela "Cuando la sangre se parece al fuego" , "Quand le sang brule ", traducción de Juan Marey. Editions Caribéennes)


O. De León.

 
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