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ATAHUALPA YUPANKI por Hugo Herrera

Héctor Roberto Chavero era el nombre con el que lo anotaron un treinta y uno de enero de mil novecientos ocho en el caserío del Campo de la Cruz, al lado de la estación de cargas, en los campos del Pergamino, en la provincia de Buenos Aires. Un siglo, por estos días.

En esas pampas, treinta años antes, los nuevos fusiles habían dado cuenta de las poblaciones indias. La Civilización, decían, acababa con la Barbarie. Las infinitas extensiones de praderas, tal vez las más feraces del planeta, se dividían entre pocas decenas de familias propietarias, de Buenos Aires y entre coroneles que habrían ganado tal guerra. Se alambraba con aceros ingleses y la tierra, a la que nadie había ayudado para que exista, como tampoco al agua, o al aire, se transformaba en prisión para peregrinos solitarios, los gauchos, y en lugar de esclavitud para los derrotados, los indios sobrevivientes.

Pero estos, unos y otros, habían dado a esa tierra su sangre para que esa vaga idea que llamamos Patria se convirtiera en palabra. Entre estos estaban los Chavero. El padre de Yupanki, aunque jinete y domador, se volvió gaucho de a pie. Como mi abuelo o mi padre.

La certeza de que el aire –o el viento- no tienen dueño, que el agua no es de nadie o de todos y que la tierra, por ser más vieja que nosotros, no nos pertenece, se le metió a Yupanki en su pensamiento de hombre artista desde sus primeros años.

Aquel gaucho de a pie, su padre, como sus ancestros, fue andariego, pero él, de las vías: ferroviario mutado al Tucumán.

De su infancia y primera juventud, de horizontes redondos e inalcanzables, de infinitos señalados con la mano, del hombre sojusgado y la quietud de su dolor, Yupanki guardaría el misterio en su guitarra y en sus versos cantados por milonga. De su norte nuevo con sus montes y montañas, ya en su entera juventud ¿ quién no lo sabe? le daría a las vaquitas de otros su valor en penas de hombre; y a las lunas románticas del Tucumán y a sus leves ríos y a los caminos sin llegadas, les daría en sus poemas la calidad de espejo al cañero postergado, aquel que devuelve la esperanza de vivir un día más, con su noche y su descanso y tal vez un hijo y, en el sueño, olvidar el temor del día que viene.

Pero su canto amado por la Gente, tendría también otras orejas y otras voces, esas de mando que interpretan “la órden vertical no se discute”. Y en los años de la infamia compartió el penal con otro “chino”, como él, mi padre. Diez años después, el país rico, la confusión social, distributiva, al menos, y el latifundio intacto. De nuevo la prisión para el Cantor y el culatazo del fusil, que no enmudece la voz pero ensilencia las manos. Y el destierro.

Mientras decenas de miles de personas que lo habían amado a través de la radio, o en cuartillas difundidas en ingenios o en boliches, subían en camiones para honrrar al alto Jefe, Yupanki se rajaba. Lo rajaban. Se iba.

Empero, el mundo lo acogió, pero no pudo restañar tantas heridas. Desterrado, llegó a Paris. Las relaciones entre la gente, son fáciles después de una tragedia y allí se había dejado atrás la guerra. Tal vez por eso, una noche, después de alguna farra entre amigos en la que Yupanki cantó sus cosas, uno de esos amigos, Paul Eluard, lo llevó, casi a la rastra, en su Ford 8, ayudado por los otros de la banda, Aragon, Guillevic, Vercors, Perec ... los resistentes y los surrealistas ¡qué banda! hasta el teatro del Athénée donde cantaba Edhit Piaff. Y el Gorrión de Paris, la ninfa egeria de un tiempo de utopías, le tomó la mano y lo presentó a su público. Y el tocó su guitarra y cantó. Desde esa noche, Paris lo amó y el amó a Paris. Con esa “banda” y con el forocho cargado con botellas de vino, fueron al norte de Francia a cantarle a los mineros del carbon y a sus familias, y, con ellos, escribieron versos e hicieron canciones.

Volvió a su tierra (La tierra, como él diria) años más tarde. Pero al Uruguay, histórica patria de exilados argentinos y desde allí, tiempo después, cruzó el río. Al llegar cantó “Las preguntitas”: “Padre, qué sabe de Dios [...] Solo sé que el almuerza en la mesa del patron”. Patéticamente lógico, le tocó volver al exilio

Pero esta vez su exilio fue más breve. Porque, a pesar de la desvergonzada revancha de las derechas argentinas contra el peronismo derrotado, hubo algunos elementos que catalizaron el rencor, al menos en los tiempos artísticos. Y él, nunca peronista, volvió a la radio: a radio el Mundo, por entonces la más alta difusión en habla hispana, y en sus nuevas giras por el país renovó viejos amores con la gente y se hizo conocer por los más jovenes. Allí estaba yo.

Tendría yo diecisiete años cuando me dijeron en la peña folclórica de Arias, mi pueblo, por entonces, “viene Yupanki, preparate porque tenés que hacerle la primera parte”. Emocionado e inconciente, yo me preparé. Dije algún poema mío, alguno de Yamandú Rodriguez, y terminé con “Libertad”, de Paul Eluard. Atahualpa me saludó y yo me fui a llorar a solas. Luego saludó a mi padre, se miraron largo entre ellos y al final, un apretón de manos, un abrazo y un “como andas, yo bien y tu”. Fue todo.

Luego la Argentina rodó, el tiempo rodó, todos rodamos –algunos por tierra.¡ Aún la tierra!- Y en ese rodar terrible a mi me tocó caer en Francia. Y aquí, en Paris, volví a encontrar a Atahualpa y él fue mi amigo solidario durante muchos años, y yo fui su amigo, entre pocos, ya que él era, a pesar del encanto personal y su humor sarcástico, un paisano sigiloso y chúcaro. Hombre de muchos amores, pero de pocos amigos.

Junto a él, con mi mujer frecuentamos a Nenette, su esposa, hasta que una tarde, raramente bella y triste, asistimos, en su modesto departamento de la calle Raimond Losserand, de Paris, donde también estaba su amigo y guitarrista Pedro Soler, a una ceremonia de responso a aquella, que había muerto en Argentina algunos días antes. Yo traté de decir, en ese momento, alguno de aquellos poemas de mi primer encuentro ya evocado. Mas no pude.

Conocimos, más tarde, en aquella soledad de Don Ata, ya viejo y enfermo, a quien sería su última compañera, “Jacó” Rossi, en cuyos brazos moriría el poeta, en la madrugada del 24 de mayo de 1992, en Nimes, ciudad romana del sur de Francia, después de su postrera actuación, que, sin embargo, no tuvo lugar, aunque el estuvo en el teatro, saludó a su público, pero no tocó su guitarra, ni cantó, ni contó, tal vez para ahorrarnos el dolor del adiós.

Pantin, abril de 2008.

Hugo Herrera
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Nota:
c)Ver-click aquí: Entrevista a Atahualpa Yupanki realizada en el programa televisivo "A fondo" de Joaquín Soler Serrano para la Televisión Española (click aqui para ver)

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