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miércoles

Cuentos Cortos 3.0


Selección de Cuentos Cortos 3 de Itinerarios - Anexos (LEER - click aquí)

NOBERTO LUIS ROMERO (Argentina)


LOS CARACOLES ESCRIBIDORES

Un poco más allá del cantero de los geranios hay una colonia de caracoles. Hace muchos años que viven allí, bajo las calas, al pie de la madreselva, y siempre han tenido por costumbre cartearse con sus amigos y sus parientes de un pueblo vecino que está en el jardín de la casa de enfrente.
Hay uno que es el cartero que tiene por desdicha una pesada carga de correspondencia acumulada en su casa, cuyos destinatarios no había podido encontrar.
El pueblo de los caracoles tiene calles con nombre y las casa un número que cada dueño elige al azar, casi cabalísticamente, pero como los caracoles, aunque lentos, son muy andariegos, nunca residen en un mismo sitio más de tres horas seguidas. El resultado de sus hábitos es la confusión.
Los caracoles no se visitan, salvo cuando, casualmente se encuentran en la calle. Y el cartero entrega las cartas solamente a aquellos con quienes se cruza en el camino. Como se sabe de antemano que no encontrará, por ejemplo, la casa número 543, en la tercera manzana de una calle determinada, opta por pasearse por todo el pueblo, con las cartas a cuestas, voceando el nombre de los destinatarios. Resultado: el cansancio y la afonía.
El cartero quiso presentar una queja en el Ministerio de Información,pero fue inútil, ya que dicho ministerio, por ser un edificio joven, andaba muy veloz. Después de varias tentativas y persecuciones optó por presentar la renuncia enviándola por correo.
Aún no ha recibido respuesta.
Hace que dejó de trabajar dos o tres meses, no obstante le quedan 468 cartas, 57 postales y 18 impresos por repartir. Telegramas no tiene porque los caracoles prefieren no hacer uso de ellos.
Dice cuando logre entregar toda la correspondencia que le queda pedirá
la jubilación.
El pueblo manifestó su disconformidad con el servicio de Correos, pero todavía no aciertan a encontrar una solución. Los que se ofrecieron como carteros voluntarios enseguida se fatigaron y abandonaron el trabajo. Otros prefirieron ir personalmente al correo a llevar y retirar sus cartas, pero no lo hallaron.
Actualmente los caracoles de ambos jardines se encuentran algo incomunicados.

Nota: Si desea saber más sobre la obra, puede consultar

JORGE ELIÉCER PARDO (Colombia)


OLVIDO DE SIGLOS
A Juan Sebastián Pardo C.


Sobre la infinitud de las horas el oleaje golpeó las arrugas del planeta. El hombre estaba atento aguardando el mensaje del regreso.
Todo lo había exterminado las llamas, y los fragmentos de bombas nucleares que perforaron los últimos poros de la tierra, eructaban pequeños insectos con patas de pájaros desaparecidos, y por núcleos hirvientes brotaban hojas desconocidas en los herbarios, como si los túneles planeados por los otros hombres para la defensa de la vida hubieran sido apenas la condena mayor a la violencia, pues más abajo de la superficie las temperaturas quemaron la piel y secaron las lágrimas después de la explosión.
Las olas regresaban en agotamiento de mares sin peces, sin vegetación con adioses moribundos. El cielo color violeta, porque cambió la atmósfera sin pájaros y cambió el curso de los vientos, presagió tempestades lejanas de sonidos y gases nauseabundos en medio de restos humanos que aún palpitaban suplicando aire y vociferando maldiciones.
Más allá del horizonte verde cambió su color por el plomizo y humeante gris, final de la guerra.
El hombre levantó la cabeza para apreciar la ola a menor distancia. El mar, con natas de petróleo, fruto de la explosión, respiraba estertores de adioses marinos, en enormes espumajos revueltos con llamados de naufragios, partículas de vida en el recuerdo del milenio.
Débilmente el agua tocó los pies desnudos del hombre que subió el mensaje hasta sus ojillos comprendiendo que se habían marchado en una nave sin regreso, sobre el sol desperdigado por el espacio como estrellitas multicolores que había soñado cualquier noche en los insomnios de la guerra y en las súplicas de perduración. Dio un paso más y la última ola borró las huellas para siempre.
Ibagué, 1978.

ALICIA MIRANDA HEVIA (Costa Rica)


SAN ISIDRO

Desde el aire al aire, aquí, del aire al mar, allá, encima del agua, moviéndose, para siempre, una placa de oro brillando encima del agua, es el golfo que aparece cuando uno está llegando donde se terminan las curvas del camino y se siente el primer golpe de aire caliente, y húmedo, o al final, siempre en el mismo punto, va detrás del hombre, donde se cruzan el aire frío de San Ramón y el aire caliente de Esparta, allí, del aire al aire, colgada en el agua la placa de oro brillante encima del golfo, las islas transparentes desdibujándose, el aire claro y caliente de Esparta después de las corrientes frías de San Ramón, ni aquí ni allá, siempre en el camino, un camino viejo que se olvida, uno nuevo que le crece encima y lo borra, los años pasados conociendo hasta el más mínimo matorral y los postes de la luz y los cables entrecruzándose siempre encima del cielo a la orilla del camino y siempre, dela aire aire, brillando siempre una placa de oro encima del golfo de Nicolla, ahí, la punta, ahí las islas conocidas y desconocidas, en ese mismo punto donde se cruzan el aire frío de San Ramón y el aire caliente de Esparta, ya se ve el mar, siempre en el mismo punto, oscilando, una placa de oro brillando y la luz color tamarindo de las cuatro de la tarde, para siempre las cuatro de la tarde y la luz color tamarindo refleja el jacarandá en la pared, las hojas de los almendros caen queditico encima de la arena, para siempre la luz color tamarindo tiembla ácidamente en el vaso sudoroso en el Paseo Cortés, y detrás de todo, del muelle, de los vestidos blancos y del olor al humo brilla la placa de oro encima del agua, encima del Golfo de Nicoya, ahí, la punta, ahí, el mar, ahí las islas conocidas y desconocidas y las playas nunca vistas, en ese mismo punto donde se cruzan el aire frío de San Ramón y el aire caliente de Esparta, en el camino, yendo para, viniendo de, encontrándose, en el camino a San Isidro.

EDNODIO QUINTERO (Venezuela)


EL NAUFRAGO
Los barcos navegaban muy lejos de la isla: sus siluetas oscuras se reducían a puntos diminutos en el horizonte. Sin embargo, el náufrago, que llevaba muchos años en la isla desierta, alimentaba la esperanza de que un golpe de suerte cambiaría un día su destino.
Imaginaba un barco imposible anclado en la bahía. Y se veía a sí
mismo nadando en su dirección a la nave, braceando desesperadamente sin aguardar el bote de rescate.
Al amanecer de un día cualquiera, arrastradas por el oleaje comienzan a llegar botellas, frascos, ánforas, garafas y toda suerte de vasijas flotantes que contienen mensajes suplicantes de otros náufragos. Y la isla se expande en todas direcciones ante aquella interminable avalancha de mensajes. Crece de tal manera que al atardecer ya se ha convertido en un inmenso continente.
Encaramado en la roca más alta, el náufrago contempla la vastedad de sus dominios. Sonríe con amargura y lanza un feroz alarido que resume su infinita soledad.

RICARDO PRIETO (Uruguay)


HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE

El sacerdote no podía crer lo que estaba viendo: en lugar de colocarle el anillo, el novio depositó en la palma de la novia un pequeño animal parduzco y húmedo, más grande que un gusano, que pasaba mórbidamente su rojiza lengua sobre la piel.
Aquello era inconcebible. Pero era más inconcebible aún que la
grácil muchacha de cabellos rubios y ojos virginales aceptase sonriendo el presente, como si el bicho fuese una gema y en el gesto de entregarlo se simbolizase el amor.
El sacerdote posó sus ojos en la concurrencia. Pero nadie había observado nada extraño. Debía continuar presidiendo la ceremonia, sin embargo, y no sabía cómo hacerlo.
Desesperado, optó por recurrir a la Biblia, pidiendo auxilio con devoción. Solía hacerlo siempre en los momentos de duda, eligiendo al azar cualquier frase y tomándola después sin vacilar como la palabra de Dios.
Leyó rápidamente en el libro abierto. Sus manos transpiraban. El terror deformaba su rostro.
"La caridad es paciente, es beingna, todo lo esxcusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera ".
Que lo perdonara San Pablo. El no podía sentir caridad por aquel gusano.
La novia continuaba sonriendo, consustanciada con el símbolo. Sentía pánico y goce, un olor de otro mundo, perfumado, nauseabundo, pero dulce sin embargo, embriagador.
El novio se anticipaba a la posesión y de sus endurecidas mandíbulas entreabiertas salían enormes dientes feroces, de su boca manaba algo que se parecía a la baba o el pus.
El sacerdote vio todo esto o lo imaginó, comprobando con asombro
que los asistentes no veían nada.Pero él debía continuar.Para eso estaba allí.
Siguió leyendo. Los segundos parecían siglos.
" La caridad no pasa jamás; la profesías tienen su fin, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá".
No. El no estaba dotado para aquella caridad.
Los novios esperaban su bendición y se acercó jadeando. Visto de lejos parecía equilibrado, reposando en un aureola de santidad, y los dos jóvenes creyeron ver la cruz que debían besar. Pero en seguida
comprendieron con estupor que estaban frente a un cuchillo.
La novia cerró la mano para proteger el animal. El novio, en cambio, aprisionó la cerrada mano de la muchacha entre sus manos, en el mismo momento en que el filo se hundía sobre el bicho.

RUDY GERDANC (Argentina)


LA MOSCA


Persiguió la mosca con mirada de odio. "Si me volvés a cagar la hoja te reviento", pensó mientras intentaba concentrarse en la lectura. En vano. La muy atrevida regresó, se posó en la página ciento dos, sobre la "i" , frotándose las patas en forma histérica. Cerró violentamente el libro con la obvia intención de liquidarla.
Tardó unos segundos en ubicarla. Cuando lo hizo tomó el libro y afinando la puntería dio un certero raquetazo.
La vio caer aún pataleando. Se acercó, tomó la lupa y vio a su esposa ensangrentada.



LA FLAMA VIVIFICADORA


Mi verdadera vocación cuentística viene de familia. Papá era un extraordinario narrador de cuentos. Era tan hábil que muchos de ellos me los hacía vivir, no sólo con los más lúgubres detalles sino con escenas explícitas, decorados y demás artilugios característicos del género.
El último que me contó fue uno de los más patéticos que jamás haya escuchado persona alguna.
Una tarde regresé de mis largas vacaciones en la casa de campo del abuelo, el padre de mi padre, otro versado en la materia.Al abrir la puerta fruncí la nariz, algo olía mal, un hedor nauseabundo a pescado podrido flotaba en el ambiente. Me dirigí al cuarto de mi padre y lo vi tirado en su cama, en estado deplorable, con los ojos cerrados y la boca medio abierta, de la cual salía una larva blancuzca.
No lo pensé dos veces, rocié su cuerpo con alcohol de quemar y le prendí fuego.
Entre la flama, el cadáver comenzó a bailar como si estuviese vivo.


 
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