domingo

RENÉE FERRER (Paraguay)


LA NACIENTE DEL MANANTIAL


El sol estalla a través del agua contra su cuerpo atigrado, irsando la espalda rumorosa del río.
A lo lejos, las costas esplenden de verdor. Un surubí remonta la corriente con obstinación, sorteando las cabelleras negras de los camalotes que se dejan arrastrar hacia la desembocadura. Un extraño cansancio le decapita la respiración, como si el agua se hubiese vuelto más densa, o estuviera enferma de fiebre o de tristeza.
Disparados como flechas, los redondeles retintos de sus pupilas atisban el movimiento demorado de los peces, las vibraciones circulares, el mutismo que se va apoderando de las plantas.
En los intersticios de las rocas, junto a la vegetación tierna y a los hoyos arenosos, maduran racimos de huevos rosados que los machos fecundan con certera rapidez. Una hembra se enseñorea alrededor en espera de las larvas, inquietándose de pronto ante el
enrarecimiento de la acuosa penumbra.
La ansiedad devora al soberbio ejemplar, que avanza, se detiene, prosigue ondulante, percibe un bronco sonido rodando bajo las olas; salta hasta el cielo ensombrecido de nubes cenicientas y cae con estrépito en el centro de un remolino, perdiéndose entre las surgentes de espuma.
Un cardumen oscurece las olas minúsculas. Las barrigas hinchadas de los dorados insertan una cuña de miedo en su corazón. ¿ De dónde bajarían con ese aire de muerte? Un mandí'i'
boquea tratando de safarse del líquido tibio que lo aprisiona. Varios bagres anclan en el lecho del río con las colas inmóviles y los ojos desorbitados. Cuanto más avanza el surubí tanto más extraña la frescura del agua, su liviandad sonora.
En un remanso, descansa sobre las aletas pectorales acopiando las pocas fuerzas que le quedan. Su peregrinaje se vuelve lento, interminable. El cauce; tan estrecho que por poco se suelta. El vigor se le escurre por las branquias exhaustas. El temor empolla en su cerebro imágines siniestras, olores rancios.
Antes que el crepúsculo esconda su último resplandor tras el telón de la noche, tiene que develar el misterio. Sus jadeos se vuelven más frecuentes, el avance, una hazaña. ¿Por qué le pesa el agua en el lomo como si fuera de piedra: por qué la corriente no canta, ni se acercan los pájaros a beber cuando la sed los apremia ?
Las orillas crecen como tierra preñada, mientras se adelgaza el río sin razón aparente. Por el hilo del agua que persiste llega finalmente a una planicie devastada. La barbilla tiembla; las agallas se le inflaman de indignación; lánguidos coletazos rubrican su protesta,
entretanto prosigue por la huella reseca, atónico, frente al monte en ruinas. Alguien ha prendido fuego a los árboles que atesoraban el rocío de la amanecida; alguien cercenó el llamado de las lluvias, ultrajando las nacientes del manantial.
Desflorada la selva, las aguas comenzaron a menguar. El surubí murmuró sobre su desgracia. La noche deslunada le alimentó el insomnio. Su cuerpo refulgió nuevamente con los colores de la aurora, y sus ojos, anegados en llanto, se dilataron tomando una verdosa tonalidad, hasta convertirse en una fuente donde se nutre desde entonces la madre de los ríos en peligro.



Édition bilingue, traduit de l'espagnol (Paraguay),
par Maîté Soum-Jacob, Éditions Indigo,
Paris, 1999.

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