sábado

MURO DOBLEANCHO - Cesar Vallejo


(Nueva versión establecida por Claude Couffon según manuscrito inédito de César Vallejo).
MURO DOBLEANCHO

Uno de mis compañeros de prisión, en esta noche calurosa, me cuenta la leyenda de su causa. Termina la abstrusa narración, se tiende sobre su sórdida tarima y tararea un yaraví.

Yo poseo ya la verdad de su conducta.

Este hombre es delincuente. A través de su máscara de inocencia, el criminal hase denunciado. Durante su jerigonza, mi alma le ha seguido, paso a paso, en la maniobra prohibida. Hemos entre ambos festinados días y noches de holganazería, enjaezada de arrogantes alcoholes, dentaduras carcajeantes, cordajes dolientes de guitarra, navajas en guardia, crápulas hasta el sudor y el hastío. Hemos disputado con la inerme compañera, que llora para que ya no beba el marido y para que trabaje y gane los centavos para los pequeños, que para ellos Dios verá. Y luego, con las entrañas resecas y ávidas de alcohol, dimos cada madrugada el salto brutal a la calle, cerrando la puerta sobre las mismas manos suplicantes de la prole gemebunda.

Yo también he sufrido con él los fugaces llamados a la dignidad y a la regeneración. He confrontado con él las dos caras de la medalla, he dudado y hasta he sentido crugir el talón que insinuaba la mediavuelta. Una mañana, tuvo pena el tabernario, pensó en ser formal y honrado, salió a buscar trabajo, luego tropezó con el amigo y de nuevo la bilis fue cortada. Al fin, la necesidad lo robar. Y ahora, por lo que arroja ya su instrucción penal, no tardará la condena.

Este hombre es un ladrón. Por eso está en prisión. Pero es también un asesino y, por este segundo crimen, la justicia social no lo castiga.

Una de aquellas noches de más crepitante embriaguez ambuló a solas por cruentas encrucijadas del arrabal. Le sale entonces al paso, de modo casual, un viejo camarada obrero que a la sazón toma honestamente su trabajo, rumbo al descanso del hogar. Mi compañero de prisión le toma por el brazo, le invita, le obliga a compartir de su aventura. El probo compañero accede, a su pesar.

De madrugada, vuelven ambos a lo largo de negros callejones.El varón sin tacha conduce muy borracho, le endereza por la cintura, le sostiene, le increpa su conducta vergonzante.

-!Anda ! Esto te gusta. Tú ya no tienes remedio.

De súbito, alguien emerge de la sombra y es la puñalada anónima. Pero han errado el blanco del ataque y la hoja alevosa no va a rajar la carne del borracho, sino la del buen trabajador.

-!Así es la suerte !- me dice. Yo me hice a un lado, felizmente. Mi compañero de prisión es, pues, también un asesino. Pero el Fiscal, naturalmente, no juzgó así al hacerse la investigación del caso.

De ahí que el asesino pueda ahora, tendido de pechos sobre su tarima, tararear tristemente un yaraví.

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