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La Alteridad del Exilio (El Jardín de al lado de José Donoso) - Fernando Ainsa


La Alteridad del Exilio (El Jardín de al lado de José Donoso)[1]
FERNANDO AINSA

A través de función ideológica ­—función extra­-narrativa por la cual Donoso transfiere no sólo al narrador, sino a los personajes la función de comentario y de discurso didáctico— los temas del exilio y su variada gama de matices socioculturales, los comentarios sobre la situación política de Chile y de otras dictaduras del Cono Sur se integran sin dificultad en la estructura de la novela.

Sin caer en el esquematismo o en maniqueísmo de otros escritores que han tratado el tema, Donoso efectúa —a través de un discurso connotativo lleno de referentes culturales— un ácido diagnóstico del exilio y su transhumancia tipificando en sus personajes algunos de los estereotipos más recurridos de la sociología y psicología sobre el vivir forzado o voluntario fuera de fronteras. Así recuerda con amarga ironía cómo en 1980 —siete años después del golpe de estado de septiembre de 1973— los chilenos ya no son “los héroes indiscutidos”, respetados “testimonios de la injusticia”, protagonistas absolutos en el vasto escenario de la tragedia que “incumbe al mundo entero”. El “monopolio chileno” del exilio ha terminado con la aparición de “variopintos argentinos, ideológicamente contradictorios pero inteligentes y preparadísimos”, “trágicos uruguayos”[2] y exiliados voluntarios de toda América Latina perseguida.

La distancia en el tiempo permite inventariar la muerte de causas y esperanzas, la aparición del olvido como bien necesario para sobrevivir y los nuevos problemas que se multiplican: parejas separadas, familias deshechas, aunque algunos hayan creído —como Gloria— que “la experiencia del exilio une a parejas desavenidas”, dispersión y desarraigo, hijos que se vuelven extraños —hasta lingüísticamente para sus padres y reclaman otras raíces, como reivindica “Bijou Lago” o el propio hijo de Julio Méndez, “Pato”. ¿Acaso no han vivido más años de sus cortas vidas en Europa que en país natal?

El exilio se mide por las fijaciones masoquistas y vocaciones de mártires a través de comportamientos como: “tu estuviste más tiempo en la cárcel que yo, pero a mí me torturaron más que a ti” (p.20). Este inventario de “martirologios” propios y ajenos se extiende a la “militancia” que se compara en permanencia y que obliga a un escritor como Julio Méndez —que ha pasado solamente seis días en un calabozo y que no se siente un “comprometido”— a preguntarse sobre la legitimidad de la “novela-documento” que pretende escribir sobre su experiencia durante los primeros días del golpe de estado de Pinochet.

La galería de personajes exiliados de El jardín de al lado incluye a dueños de “retórica antifascista y antiimperialista de manual” como el pintor Adriazola, a vividores como Cacho Moyano, a confidentes como el médico Carlos Minelbaum y desorientados militantes como la “descuidada” uruguaya Katy Verini, Julio Méndez —en tanto es la voz narradora principal— descarga sobre ellos sus críticas acerbas, cáusticas y sin complacencias, para recibir en contrapartida las calificaciones de “viejo ácrata con ribetes fascitoides”, de “moderado humanista” o “pedante cobarde” en un abierto proceso de auto-destrucción que precisa Gloria al decirle: “No eres chicha ni limonada” (p.174).

Todos estos personajes asumen los comportamientos rituales del exilio, desde la vestimenta a la comida —asados a la Argentina, feijoada, empanadas, anticuchos y pasteles de choclo— cuya dimensión sociológica se reconoce sin dificultad porque:

La especificidad del exilio arrastra consigo toda una mitología personal y colectiva que se suma a nuevos contenidos culturales y a nuevos conflictos existenciales.[3]

Alrededor de la figura de Katy Verini se estereotipan una buena parte de los tic sdel exilio. Lo “sucio, viejo y zarrapastroso” de una vestimenta en la que se adivina el tardío culto de la femme pauvre desmonetizado, la uniforman en un círculo de latinoamericanos que toman Valium, Librium, se emborrachan, fuman marihuana, ganándose la vida haciendo:

Batik y tapicería y macramé y “objetos” y joyas que cantan tangos y chacareras y zambas en sitios en que se come parrillada a la Argentina, que escriben libros de poemas geniales que pocos leen (…) que en el rastro tienen puestos de piedras o caracolas de cosas de la India o de Marruecos, o de artesanías. (p.125)

Lo que fue una ideología se ha transformado en un manierismo, un modo de vida pintoresco y casi folclórico que Donoso desmenuza sin piedad, mientras sus personajes se entretienen en discusiones semánticas sobre las diferencias entre exilio exterior y exilio interior.



Pero además, el tema del exilio ya incluye en 1980 el de “la vuelta”. Con el desgaste del “puro activismo político”, el tema de la vuelta está en “el aire”. Tras las discusiones teóricas, puede simplemente decirse “estoy cansado de hacer maletas”, como hizo el propio Donoso para justificar su retorno a Chile en pleno dictadura, prefiriendo ser un exiliado interior que un falso exiliado exterior, aunque reconociera al mismo tiempo que:

Yo siento que no viví una parte de la historia de mi generación y quisiera recobrar esa parte que no viví.

El tema de la recuperación de raíces y reinserción que se anuncia aquí lo desarrolla Donoso en su novela siguiente, La desesperanza, novela que lleva también en su título la palabra que aparece y reaparece en varias oportunidades en El jardín de al lado, al punto de que se exclame al final: “Nada puede alterar la desesperanza” (p.238)

La desesperanza es la novela de la “vuelta” y del intento de recuperación de las “raíces rotas”, interrupción de la progresiva autodestrucción del orden condenado pero del que se tiene nostalgia, “desesperanzado” intento de reconstrucción de “otra cosa” de la que apenas se adivina la salida. A este Chile, donde todavía no ha caído Pinochet, vuelve el cantor de protesta Mañungo Vera —el protagonista de La desdesperanza—, exiliado en París y separado de su compañera francesa y en ese Chile, empobrecido y oprimido, donde no tiene siquiera una casa con jardín “al lado” para crearse la ilusión de un hogar, se queda con su hijo Juan Pablo, nacido en Francia: el círculo se cierra sobre el despojo esencial de una vida que recomienza desde la nada.

Sin embargo, si la “desesperanza” cierra un círculo, abre otro a partir de la decisión del cantante Mañungo Vera de quedarse en el Chile de la dictadura y empezar todo desde “fojas cero”. Un retorno planeado originalmente como una simple visita —“porque no entendía la situación de su país”— se convierte al cabo de veinte horas en una clara opción: “puedo asegurarles que nunca he tenido nada tan claro como que me vengo a quedar”, declara convencido al final.

La vuelta “definitiva” de Mañungo es una reintegración consciente y no ilusoria, fruto de una “desesperanza” cuyo sentido es —en realidad— positivo porque es el resultado de una radical depuración mental: la que resulta de la destrucción integral de un orden, de la abolición de todos los esquemas y de la necesidad de empezar de nuevo, sin asideros y sin protección y, sobre todo, sin las falsas esperanzas de la retórica derrotada por la historia. Con ella se cierra momentáneamente la parábola y la “saga” del hogar emblemático chileno que recorre la obra de Donoso.

[1] In: Novela y Exilio. Ver blog (click aqui).
[2] El jardín de al lado (Barcelona, Seix-Barral, 1981) p.32
(3) Las trampas del exilio, Reescrituras por Juan Carlos Santaella; Caracas, (El libro menor, 1983); pag.98.

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