martes

SUSANA AGUAD (Argentina)


PALOMA

Y así, considerando ésto, estoy por decir
que en el alma me pesa de haber tomado
este ejercicio de caballero andante en edad
tan detestable como es ésta que ahora vivimos.

- Don Quijote-.



Sentada al borde de su litera y mientras aspiraba el humo y lo retenía y expulsaba con su suavidad, Paloma se imaginaba que era yerba lo que estaba quemando y empezaba a sentirse extrañamente libre como cuando la quemaba de veras.Aquello era como volar en planeador: renacía la calma y la realidad del mundo se borraba en el manso infinito. En la terraza de su casa de Quilmes el toque mágico de la yerba llegaba después de los cantos, cuando se callaba la guitarra y la noche se abría como una boca perfumada.Entonces ella, y todas las otras palomas y palomos reconocían las constelaciones y el rojo parpadeo de Marte, nítido en enero, y se entregaban al rito del amor y del sueño livianos como figuras de de Marc Chagall que sobrevolaran calles desiertas.

El tema de la noche era su tema, entonces. La bordaba en sus tapices que se distinguían por los racimos de estrellas amarillas y las lunas blancas. Sobre la gramilla de la Plaza Francia parecían retazos de cielo caído. La gente los miraba y tocaba pero compraba pocos. Se vendían mucho mejor los cintos con incrustraciones doradas de su Palomo y las artesanías de cerámica. Se vendía mucho mejor la yerba que no alcanzaba, que resultaba siempre esasa. Y a veces llegaban sobres disimulados en el interior de los cueros cuyos precios y comprador nadie conocía excepto su Palomo.
Un domingo llegó la brigada juvenil confundida en la romería de los jóvenes. La gente se arremolinó curiosa, su rostro aburrido animado esta vez por la novedad del procedimiento. Cargaron con todos en celulares ululantes que atravesaron la cuidad hasta la Central de policía.

Desde entonces llevaban un año entre rejas a cuenta de los cinco que debían purgar. Y allí dentro se sentía miserable, un pobre bicho desposeído y aterrorizado como cuando era pequeña y los gritos de sus padres crispaban sus noches de insomio. Ahora recordaba a esos dos viejos que sobrellevaban su odio como una enfermedad incurable o un vicio imposible de vencer, del que formaban parte incluso las concesiones al instinto, el olvido momentáneo después de noches tormentosas en que la carne busca su sosiego. Los recordaba sin querer, dolorosamente, por haberla privado de algo, no sabía bien de qué, algo como la fe en cosas imaginarias, la ilusión de paz que su Palomo le había dado.

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